Un réquiem por la humanidad: ¡Que se joda la IA en el arte!
La industria de la moda siempre ha ido de la mano de la ensoñación. Es un mundo construido sobre la obsesión, el sacrificio, la creación de mitos y la crueldad de los cánones. Pero, recientemente, ha surgido una nueva ilusión. No se trata de la locura de la alta costura ni de la experimentación detrás del genio, sino de la ilusión industrial de la inteligencia artificial que se hace pasar por evolución artística.
El anuncio de Guess de agosto de 2025 presentaba a una «modelo» rubia que, para ser muy concretos, no existe. Pómulos perfectos, labios carnosos, pechos diseñados con tanta profundidad emocional como la silicona, clavículas esculpidas por alguien que nunca ha pasado hambre en su vida. Una sonrisa que parece menos seductora y más bien una foto en el Pinterest board de un dentista.
Si ese es el futuro, entonces digo: death to all of us!
Repasemos lo obvio… la moda se nutre de la aspiración. No de la cercanía. Dios nos salve de olvidar la diferencia. Gisele Bündchen es extraordinaria no porque su rostro cumpla con algún ratio de simetría aprobado por la IA, sino porque está hecha de carne y hueso, igual que tú. Cuando miro a una modelo generada por IA, veo una mentira con conexión wifi. No hay ninguna nariz que se asemeje a la de su abuela ni ningún trauma infantil relacionado con el ballet, ninguna inseguridad adolescente, mucho menos ninguna vida alguna detrás de esos ojos centelleantes. La modelo generado por IA y Gisele pueden ser igual de guapas sobre papel. La diferencia entre ambas no es la belleza, es sangre. Uno tiene alma y el otro tiene metadatos.
Si el declive de Victoria’s Secret enseñó algo, es que, en su afán por democratizar el glamour, cambiaron su gloria por el lema de «todo el mundo tiene alas». Un legado disuelto en un eslogan aprobado por un comité. No todo el mundo puede ser modelo, y esa es precisamente la cuestión. Pero ahora hemos llegado a un punto mucho peor: un mundo en el que, al parecer, nadie necesita serlo. Los cuerpos reales se volvieron demasiado políticos, el deseo real demasiado peligroso y la feminidad real demasiado frágil para la sociedad moderna. Así que inventaron a la mujer perfecta: aquella que nunca habla, nunca envejece, nunca tiene estrías y, aún más… nunca respira.
Si el objetivo era acabar con un sueño que compartían un millón de chicas, ¡enhorabuena! Lo han conseguido.
La moda sin humanidad no es moda. Es comercio con delirios de grandeza. Una casa de alta costura no vive en la pasarela, sino en las yemas de los dedos de las bordadoras, en el diseñador privado de sueño que visualiza un vestido a medianoche, en la costurera que aprendió de su madre, en la modelo en París a los diecisiete años que desayuna cigarrillos Marlboro Gold mientras cree que su rostro podría cambiar el mundo. La IA no sabe nada de esto. No le obsesiona la perfección. No se sacrifica ni innova, solo sabe replicar. Una máquina no puede producir belleza porque la belleza no es algo que podamos calificar precisamente. La belleza se ve y se siente a través de la intención, del sufrimiento, de la memoria, de la emoción y de la arrogancia de querer ser inmortal.
Y quizá, al leer esto, te preguntes si soy antitecnología. Investigo con ayuda de la IA, corrijo mi trabajo con ayuda de la IA, entre muchas otras cosas… Las herramientas no suponen una amenaza para el arte; al contrario, lo que sí lo es es la sustitución. La costura a mano imperfecta de una costurera contiene más alma que un millón de vestidos generados por algoritmos. Prefiero llevar una costura a mano, cuyo dominio haya llevado toda una vida, que un «tejido inteligente» programado.
Los progresistas argumentarán que la IA «amplía la creatividad», que la resistencia es miedo o que el futuro exige rendirse. No. Innovamos para superarnos, no para sustituirnos. La innovación solo debería ampliar los límites de la imaginación. ¿Moda sin manos humanas, sin locura humana ni ego humano? Eso no es futuro. Una máquina sin infancia, sin humillación, sin anhelo ni desamor no puede producir arte. Como máximo, solo puede falsificarlo.
No consumo fantasía fabricada por servidores, ni adoro a maniquíes que respiran gracias a ventiladores. Si la belleza se convierte en software, entonces la belleza muere. Es sencillo y simple. Dejemos que Silicon Valley juegue el papel de Dios, pero la moda pertenece a los mortales. A todos los hombres y mujeres de carne y hueso, a todos los artesanos a los que les duelen los dedos, a todos los diseñadores que arden por la belleza y a todos los cuerpos que existen ante una fotografía.
¿Y si la industria se empeña en adorar las simulaciones en lugar de las almas? Entonces asistiremos a su funeral vistiendo Maison Margiela 2024 Artisanal Couture mientras escuchamos el «Recitar!» de Pagliacci, interpretado por Pavarotti, hasta que nuestro último aliento abandone nuestros pulmones afligidos… y al menos eso seguirá siendo humano.
ESCRITO POR FREDDY ESPINAL