El gusto, literalmente.
Lo primero que me convenció de que Brianna Hollingsworth entendía la moda fue el caviar.
Para Balmain Primavera 2026, Olivier Rousteing aflojó la austeridad militar que ha caracterizado su trabajo durante años y dejó que algo considerablemente más orgánico tomara el protagonismo. Uno de los looks colocaba una chaqueta militar oversize de color oliva sobre una minifalda de ante marrón, para después sepultar casi por completo el torso con collares de cuentas de madera en tonos tabaco, ámbar y marrón oscuro. Borlas cuelgan de la falda. La joyería es tan excesiva que prácticamente se convierte en ropa. Olivier describió la colección a través de ideas de naturalidad y libertad; cuentas de madera, conchas y artesanía sustituyeron parte de esa pulcritud casi acorazada que solemos asociar con su Balmain. Olivier y yo rara vez coincidimos en mucho, pero en este caso le proporcionó a Hollingsworth material excelente.
Ella respondió con un steak de ajo negro y caviar.
El caviar es la primera pista. Cientos de pequeñas esferas negras y brillantes reproducen la lógica repetitiva de los collares sin recurrir a algo tan vulgar o explícito como dibujarlos sobre el plato. La carne conserva el caoba denso del ante; salsas más oscuras y superficies chamuscadas arrastran la paleta hacia los marrones más profundos de las cuentas. Incluso el propio plato —un objeto largo, estrecho, de aspecto ceremonial— permite que los ingredientes se dispongan como ornamentos independientes a lo largo de un eje continuo, del mismo modo que las hileras se acumulan sobre el pecho de la modelo.
Lo que me llama la atención es que Hollingsworth entendió que las joyas hacían mucho más que servir de complemento al look. Le aportaban su ritmo: repetición, peso e irregularidad. Cuando esas cualidades se convierten en caviar, carne, frutos y pequeñas pinceladas de salsa, la ropa desaparece, pero Balmain permanece. El resultado es —en resumen— una presentación exquisita, aunque no puedo extender la misma generosidad al trabajo de Olivier.
Se describe a sí misma, de manera bastante fabulosa, como una «chef de moda». Conocida en Internet como MatrixGirl, creció en el South Jersey, aprendió a cocinar desde temprana edad bajo la influencia de su difunto tío Adam, que era chef de profesión, y volvió a dedicarse en serio a la cocina alrededor de 2023. Su proyecto nació tras aburrirse de recorrer interminables ejemplos de emplatados de estética Michelin tremendamente aburridos y anodinos, y empezar a buscar en las pasarelas color, patrón y textura.
Hollingsworth es consciente de que una imagen de pasarela no puede sobrevivir a un cambio de medio si se copia de forma demasiado literal. Aísla los elementos que la conforman: brillo, temperatura, densidad, volumen, incluso, en ocasiones, la carga y el clima emocional que rodea a las prendas; después traduce esas cualidades mediante ingredientes.
Observemos su diseño inspirado en la colección otoño 2006 de D&G, y me refiero a D&G, la línea de difusión, no a la colección principal de estilo napoleónico de Dolce & Gabbana que se presentó en Milán tres días después. Domenico y Stefano presentaron esa colección como una fantasía invernal sintética durante los Juegos Olímpicos de Invierno de Turín: nieve artificial cayendo, jerséis blancos de punto trenzado, gorros, pompones, bufandas voluminosas y suficiente kitsch alpino como para hacer que un lugar como Gstaad pareciera sobrio.
Sin embargo, Hollingsworth eligió bacalao.
Y claro que lo hizo.
La carne pálida evoca el aspecto calcáreo de los jerséis; la piel plateada intacta aporta al plato el frío destello metálico y gélido de los elementos de esquí más brillantes de la colección. Más impresionante aún, modificó la cocción en función de la exigencia visual. Ha explicado que dejó el pescado en remojo y lo horneó con mantequilla de ajo y hierbas porque necesitaba que la carne se mantuviera blanca y las escamas, plateadas. Dorarlo correctamente quizá habría mejorado la cena de alguien, pero habría arruinado por completo la referencia.
Esa decisión, minúscula y meticulosa, me dice casi todo lo que necesito saber sobre la calidad de su ojo.
Jean Paul Gaultier Alta Costura Primavera 2010 lleva su arte a un nivel considerablemente superior.
El look que eligió es una de esas construcciones de Gaultier en las que resulta difícil distinguir entre anatomía y confección. Un torso encorsetado desemboca en una espalda que parece una columna vertebral y después se libera en una jaula rígida alrededor de las caderas.Visto desde atrás, se aprecian las costillas, las vértebras y la silueta. La colección en sí misma se inspiró en gran medida en las armaduras, la corsetería y la elaborada ingeniería estructural.
Hollingsworth respondió con branzino.
El cadáver del pez se eleva verticalmente desde el plato, y su espina dorsal expuesta cumple la función que los corsés de Gaultier ya pretendían cumplir. Finas espinas sobresalen hacia fuera con el mismo tono visual inquietante que la jaula que rodea las caderas de la modelo. La carne blanca se amontona debajo, como el cuerpo atrapado en su interior. Incluso los diminutos detalles de rosas rojo oscuro se eligieron para hacer juego con el color de los zapatos.
Ese último detalle es casi irritantemente bueno. Observó una silueta de alta costura basada en la insinuación de un esqueleto y respondió con un esqueleto de verdad. Ni un logo necesario. Ni un vestido comestible de miniatura colocado encima de una tarta.
Su pieza inspirada en Alexander McQueen Otoño 1999 quizá sea el momento en el que su arte empieza a parecer genuinamente curatorial.
La colección se titulaba The Overlook, la respuesta invernal de McQueen a The Shining, presentada dentro de una caja transparente, similar a un globo de nieve, llena de abedules, patinadores sobre hielo y unas 25 toneladas de nieve artificial. El look al que hace referencia Hollingsworth combina el extraordinario corsé de aluminio enrollado de Shaun Leane con el peso de una falda negra por debajo: plata dura suspendida sobre la oscuridad, con el cuerpo retenido y contenido en algún lugar entre ambas. En otras piezas de la colección aparecían carámbanos de cristal de roca y metal cortado con láser.
Hollingsworth decidió hacer un pastel.
Un cilindro negro y denso recoge la masa y la ausencia de luz de la falda. Sobre él se asienta una forma plateada metálica, evocando de inmediato el torso de aluminio de Leane. Delgadas ramas negras se disparan hacia arriba como los abedules desnudos de la escenografía de McQueen. Fragmentos translúcidos, semejantes a esquirlas, perforan la superficie; azúcar glas cae sobre el plato como nieve.
Esa es la diferencia que hace que el trabajo resulte mucho más interesante que «comida inspirada en pasarelas». Hollingsworth sabe decidir cuándo la información verdaderamente relevante reside en la propia prenda y cuándo también debe formar parte de ella la colección que la rodea.
Sirvió, literalmente, The Overlook.
La traducción de Christian Dior Alta Costura Otoño 1999 resulta deliciosa en un sentido mucho más literal.
El look original de Galliano consiste en un vestido asimétrico rojo intenso que envuelve el torso en planos diagonales, guantes alargados color burdeos, una abertura alta interrumpida por pequeños detalles metálicos y un peinado que brota de la cabeza en forma de púas negras y violentas. La colección, presentada en Versalles, mezclaba imágenes futuristas con fantasía histórica bajo la influencia de The Matrix.
Hollingsworth sirve pancakes de red velvet con crema aromatizada con cerezas y chocolate negro.
Los pancakes se pliegan y se colocan formando planos rojos puntiagudos, en lugar de apilarse educadamente para un brunch. Las cerezas intensifican el vestido, convirtiéndolo en algo más oscuro y húmedo, recogiendo el burdeos brillante de los guantes y los labios. El chocolate negro es donde ella casi se vuelve forense… largas esquirlas negras se disparan desde el plato, imitando directamente el pelo puntiagudo de la modelo.
LLegó hasta el pelo.
Y, por si fuera poco, tiene un aspecto delicioso. Red velvet, cerezas, chocolate negro: puedo olerlo mientras escribo. Hay algo ligeramente diabólico en todo esto. La moda lleva décadas convirtiendo el hambre en una aspiración. Hollingsworth invierte la tendencia y convierte la aspiración en cena.
¿Estamos tentando ahora a las modelos? Quizás.
Su plato de vieiras inspirado en Roberto Cavalli Otoño 2006 es, en mi opinión, el más chic de su menú.
El look consiste en una blusa oscura y semitransparente cargada de textura floral, unos pantalones con un brillo casi reptiliano, cuero marrón lustroso en la mano, cordones finos y detalles irregulares que rompen la silueta. Pertenece a una colección en la que Cavalli jugaba con Poiret, la opulencia de los Ballets Rusos y el exceso libertino del Londres de principios de los años setenta.
Hollingsworth hace algo exóticamente inusual.
Una concha pálida rodeada de diminutas cuentas negras recoge inmediatamente la textura negro sobre negro de la blusa. Junto a ella, otra concha se abre para revelar un centro de un ámbar anaranjado: el mismo destello cálido que resalta sobre todos los marrones más oscuros y los tonos metalizados del conjunto. Una larga curva negra carbón recorre el plato y aporta movimiento a la composición, mientras que unos finos tallos orgánicos introducen la misma línea ligeramente desordenada que crean los complementos.
El plato de acero inoxidable ayuda. Contra toda esa oscuridad, humedad y carácter marino, la comida empieza a parecer casi una joya.
Y es aquí donde ella puede llegar a ser mucho más valiosa para la moda que un TikTok entretenido.
Últimamente, el lujo se ha interesado cada vez más por la hospitalidad. Las tiendas más destacadas, los programas para clientes y las activaciones de marca son intentos de mantener a alguien dentro del universo de la casa durante más tiempo, para que comprenda cómo vive, come, viaja, se divierte y se comporta la marca. La hospitalidad ha estado superando en rendimiento a los bienes personales de lujo, y las marcas recurren cada vez más a ella para profundizar su relación con sus VIC. La gastronomía, por su parte, se ha convertido en un medio deliberado de marketing de moda.
Hollingsworth ya ha dicho que entre sus sueños está diseñar cenas y propuestas gastronómicas para eventos de casas de moda. Alguien debería prestarle atención. Porque detrás de todo ese arte se esconde una propuesta comercial evidente. Imaginemos una colección presentada a las ocho. Editores, clientes y amigos de la casa salen tras haberla visto. Más tarde, un grupo más reducido llega a la tienda insignia o a un comedor privado y descubre que la colección les ha seguido hasta allí. La corsetería es el postre. El bordado es la guarnición. El cuero es el glaseado.
Más que ofrecerles ropa para ver, les estamos sirviendo ropa para comer.
Un cliente que ha pasado una hora oliendo, degustando y comentando una colección ha vivido esa colección mucho más allá de las telas. La casa ha adquirido otro lenguaje sensorial a través del cual explicarse a sí misma. Una cena se convierte simultáneamente en educación, entretenimiento y memoria.
Naturalmente, eso implica un potencial comercial obsceno.
Les dejaré las tasas de conversión a alguien de finanzas, pero me sorprendería muchísimo que hacer que un cliente habitara una colección exitosa a través de otro sentido resultara en que la ropa fuera menos atractiva. Las marcas ya saben que la gente hará cola para tomar un cappuccino con un logo encima. Hollingsworth ofrece un margen considerablemente mayor para la imaginación. Su propuesta de valor radica precisamente en el hecho de que puede tomar el material visual, emocional e intelectual que un diseñador ya ha creado y prolongar su vida.
Uno de los mejores ejemplos lo encontramos en su plato inspirado en Burberry Prorsum Otoño 2005.
Christopher Bailey pensaba en el Londres de los sesenta, Marianne Faithfull y Yorkshire. El look que ella elige es la quintaesencia de las capas británicas de la era Bailey. Cárdigan oliva. Escote con volantes en tonos marrón dorado. Bufanda larga color óxido cortando el torso en diagonal. Tartán oscuro. Y guantes azul empolvado que rompen los tonos tierra justo lo necesario.
Decide convertirlo en una chuleta de cordero con glaseado de cerezas.
El corte de la chuleta le aporta ese toque rústico y campestre inglés característico del look, mientras que el hueso traza el mismo tipo de línea diagonal que crean el pañuelo y la correa del hombro. El tono cereza intenso se funde con los tonos óxido y burdeos. Los tonos verdes realzan el cárdigan. Las pequeñas frutas oscuras y las texturas ennegrecidas atraen la mirada hacia el azul marino y el gris carbón de la falda; los elementos tostados más cálidos recuperan los tonos ocres que rodean el cuello.
Nada en el plato se ha elegido simplemente porque tenga sabor a otoño. Y, sin embargo, sabe a otoño. Ya estamos en septiembre. La semana de la moda está a la vuelta de la esquina. El Burberry a capas de Bailey ya pertenece a esa estética de aire frío, lana, cuero y volver a vestir con elegancia. Hollingsworth lo acompaña con cordero, cerezas, verduras y el tipo de plato que uno desea cuando el verano por fin ha llegado a su fin.
Esta mujer tiene rango.
Puede reproducir la frialdad de D&G, reconocer la ingeniería de Gaultier, trasladar todo un desfile de McQueen hasta el postre, encontrar el peinado de Galliano dentro de un trozo de chocolate negro y convertir las capas británicas de Bailey en algo que uno realmente querría comer una noche de octubre. La manera en que traduce una rama del arte en otra se ha convertido en una obra de arte en sí misma. El mayor fuerte de Hollingsworth ya está presente en su trabajo. Es evidente que posee la habilidad de entender qué detalle sostiene una imagen y el descaro suficiente para descartar casi todo lo demás.
Espero con ganas sentarme ante tres platos de ello.
En cuanto a mi próxima cena como anfitrión, parece que mis invitados ya pueden empezar a ilusionarse.
ESCRITO POR FREDDY ESPINAL